Editorial

La globalización está redibujando el mapa de las relaciones políticas, económicas, comerciales y culturales de la mayor parte del planeta. En este proceso Colombia también se está viendo en la necesidad de replantear su lugar en el mundo. La firma de diversos acuerdos comerciales, conocidos como Tratados de Libre Comercio (TLC), con grandes, medianas y pequeñas potencias económicas está modificando sustancialmente numerosos sectores productivos del país. Valga como ejemplo el Paro Agrario llevado a cabo a nivel nacional en 2013, con numerosos colectivos agrarios enfrentados al gobierno por los perjuicios supuestamente derivados del TLC con Estados Unidos. Vemos aquí la contradicción entre la teoría y la práctica, mientras la circular 970 de 2010 del Instituto Colombiano Agropecuario (ICA), en aplicación de los acuerdos en materia de propiedad intelectual del TLC, prohibía de facto a los agricultores colombianos el uso de semillas no certificadas, el mercado de semillas certificadas se encuentra básicamente copado por multinacionales de Estados Unidos. Colombia se sube al carro de la innovación y la modernidad, pero sólo sobre el papel, porque cuando se trata de fomentar tal dinamismo en los agentes locales en un sector tan crítico para la economía nacional como el agropecuario, se produce como mínimo una ausencia: la institución pública persigue prácticas ancestrales al tiempo que es incapaz de prestar apoyo para el surgimiento y la consolidación de las prácticas innovadoras que requiere el nuevo marco de relaciones económicas. En este contexto de creciente escepticismo respecto a las bondades de los TLC firmados por Colombia, parece que se han impuesto las tesis de la industria automotriz que se oponía a la firma de un nuevo acuerdo comercial, esta vez con Corea del Sur, porque ponía en peligro una industria aún débil al exponerla a la feroz competencia del tigre asiático.

En todos estos vaivenes está en cuestión la estrategia de desarrollo de la economía colombiana en su conjunto. El gran impulso que se ha dado a la minería y a la agroindustria en la última década dirige al país en la dirección del extractivismo más crudo, con todas sus contradicciones, aportando divisas pero a costa de la degradación de recursos naturales y humanos del país. Toda esta maquinaria transnacional, centrada en los mercados internacionales, es fundamentalmente independiente del tejido productivo local, de forma que genera divisas e incentiva el consumo, pero no necesariamente la producción. Este extractivismo, combinado con unos principios de libre comercio mal gestionados (que terminen fomentando más las importaciones que las exportaciones, por ejemplo), puede hundir cualquier país en el denominado mal holandés, enfermedad que se puede observar en muchos países exportadores de materias primas y cada vez más en Colombia. Frente a este riesgo resulta imprescindible revalorizar los recursos locales, no sólo aquellos que cuentan ya con un reconocimiento inter- nacional (como el café), sino precisamente aquellos otros cuyas virtudes son totalmente desconocidas en el exterior. La competitividad en términos de costes es una carrera difícil de ganar frente al empuje asiático; los países desarrollados han optado por enfocarse hacia la calidad de la producción y, sobre todo, hacia la innovación: la creación de nuevos productos y la apertura de nuevos mercados. En este sentido la biodiversidad colombiana, tanto en términos naturales como culturales, debería convertirse en una gran oportunidad en la que el diseño puede jugar un papel muy relevante.

En este panorama, la vía de la innovación y la creación de nuevos productos y mercados constituyen un escenario privilegiado para que el diseño haga aportaciones de gran valor. La producción masiva y en serie del fordismo ya no es el sector más rentable de la economía; los mayores valores agregados se dan hoy en día en sectores especializados que se mueven en mercados mucho más reducidos pero también más lucrativos. Ya no se trata de ofrecer un producto para un público universal, sino de ofrecerle a un público específico el producto que realmente demanda, un producto hecho a la medida de sus necesidades, a veces exclusivo en términos económicos, pero más a menudo exclusivo en términos de personalización y singularidad. La diferencia, la personalidad, la cultura propia recuperan terreno frente a la estandarización; los bajos costes de la producción en masa no pueden competir con la identidad cultural o la personalidad propia de un producto único, son mercados distintos. Estos nuevos mercados, donde las industrias culturales tienen un papel muy significativo, abren una oportunidad única a la creatividad y al diseño, pero también al aprovechamiento cultural de la diferencia, del patrimonio social y cultural. Que Colombia y el diseño colombiano no sean capaces de aprovechar esta coyuntura para convertir su riqueza patrimonial, natural y cultural, en un recurso para el desarrollo del país, sería una verdadera lástima. En este contexto las prácticas tradicionales y ancestrales, la biodiversidad y todos los productos y materias prima que aporta, la propia diversidad cultural, en términos de artesa- nía, artes, gastronomía, etc. pueden convertirse en activos de gran valor si alguien se decide a apoyar su crecimiento y maduración. Desde luego, es un territorio por explorar, que la Universidad El Bosque ha empezado a transitar a través de una línea de investigación en artesanías que se proyecta hacia el conjunto del patrimonio y las industrias culturales, y que probablemente requiera superar una serie de inercias en la disciplina y en la propia academia. Es común hablar de las debilidades de un país como Colombia, pero pensar también en sus fortalezas es la mejor apuesta, tal vez la única, para encontrar una vía propia para el desarrollo sostenible.

Bogotá, 27 de junio de 2014.

Carlos Jiménez Romera, Arq. M.Res.

Editor Revista MasD

Phd Design and Technology for Cultural Heritage

Politecnico di Milano, BEST Department (Milano, Italy).

Última modificación: 21-04-2015 | Copyright Universidad El Bosque  | Licencia CC by-nc-sa