Editorial

El futuro de la sociedad contemporánea está determinado en gran medida por los actos y obras que se realizaron en el pasado, que están acaeciendo en el presente y aquellos que se están planeando y desarrollando para el futuro. De aquellos que sucedieron en el pasado simplemente podemos, si acaso, dar fe de ellos y experimentar las consecuencias de su aparición y existencia. Los que están ocurriendo en este momento, tenemos la gran oportunidad de que sean algo significativo mirando hacia el futuro y sobre todo responsable. Y los que estamos diseñando para un futuro cercano, debemos considerarlos como la vía para manifestar contundentemente las enseñanzas que nos debe haber dejado la evolución de nuestras culturas. Pero ¿responsables con “quién” y “para qué”?

Para poder contestar apropiadamente esta pregunta es conveniente pensar en beneficios y maleficencias. Cuando algo es bueno y provechoso se trata de una mejora para alguien en alguno de los funcionamientos de su existencia. Ese alguien, cuando estamos entre humanos, generalmente es un humano. Esta visión antropocentrista es absolutamente reduccionista, pues “alguien” puede tratarse de vida no humana, también. Es curioso ver cómo el diseño en general, como disciplina, ve los benéficos de su gestión de manera parcializada hacia el ser humano y solo en contadas ocasiones considera la amplitud del concepto “alguien”. Es conveniente, si pensamos en el futuro, que se realice el ejercicio de diseñar no pensando solo en usuarios humanos sino en un concepto más amplio del “alguien”; los terrícolas.

Si se considera que hacer el bien es algo deseable, ¿qué hay con el hacer el mal, la maleficencia? Teniendo en cuenta que hacer el mal es algo que se debe evitar, es razonable pensar primero en este aspecto que en la beneficencia, hacer el bien. Los procesos de diseño hablan de beneficencia, como premisa ontológica, y rara vez consideran la no maleficencia ya que los productos y servicios que se proyectan traen beneficios. Pero estos beneficios se logran en casi todas las ocasiones a costas de algunos aspectos maléficos para los terrícolas como por ejemplo la contaminación de los procesos de producción que materializan las especificaciones de producto que generan los diseñadores, las consecuencias del uso de estos productos cuando no se estudia a profundidad estas variables y que hablar de la basura que se genera una vez se desechan. Estos son temas que involucran a todos nosotros, el “alguien” global, los terrícolas.

A la segunda parte de la pregunta, “para qué”, las posibles respuestas estarían centradas en una lógica de pura sensibilidad básica; porque es lógico pensar en una supervivencia aceptable para los que van a existir y convivir en el futuro. Esto tiene mucho sentido común, pero resulta demasiado simplista para la complejidad del mundo contemporáneo. La evolución de nuestras especies en su conjunto no se trata solamente que alguien se mantenga vivo o desaparezca. Tiene que ver con una perspectiva más holista, más compleja. Tiene que ver con una cadencia de evolución, biológica y cultural, que descubra vías más equitativas para que la vida sobre el planeta pueda encontrar experiencias más significativas que la mera supervivencia en un mundo ambientalmente diversos y conservado. El “para qué” se convierte en una oportunidad de hacer valer el pasado y el presente en el futuro de manera beneficiosa y sobre todo no maléfica y para todos los terrícolas en su conjunto y sus generaciones futuras encuentren el hilo conductor para reflexionar sobre sus actos pasado y presentes y puedan diseñar de manera más acertada el futuro.

Hay que recordar que diseñar es un verbo que se conjuga generalmente en futuro y es aquel que genera obras y actos para enfrentarlo.

 
Felipe Ramírez Gil, D.I.
Editor General MasD
Facultad de Diseño, Imagen y Comunicación
Universidad El Bosque
Bogotá, diciembre de 2010.

Última modificación: 15-12-2010 | Copyright Universidad El Bosque  | Licencia CC by-nc-sa